La histórica directora de la Escuela Dr. Florentino Francisco Bustos recuerda en esta entrevista su primer día bajo la lluvia, los hitos del colegio y el cariño del pueblo entero

La primera vez que Edith Carmejo llegó a la escuela Dr. Florentino Francisco Bustos, en la localidad de Bouwer, llovía a cántaros y no había luz. Tenía 26 años y estaba embarazada de cuatro meses. La noche anterior no había podido dormir por temor a perderse el colectivo de la línea 120, que la traía desde Córdoba Capital y pasaba cada cuatro horas sin mucha puntualidad. Era el 24 de febrero de 1989 y ningún estudiante se presentó a clases.

Unos 36 años después, sobre el cierre de su carrera, Edith, de 62 años, aseguró que despedirse no era fácil, ya que significaba el cierre de una etapa que marcó su vida para siempre.

La historia de “la dire” —como rezaba el bordado sobre el corazón en el último uniforme que vistió— arranca cuando era muy pequeña. “Siempre soñé con ser maestra: de chica jugaba con mi hermano menor y mis amigas a la maestra y los alumnos”, recordó.

Más tarde, al terminar sus estudios secundarios, ingresó al magisterio, donde continuó con esa vocación intacta. Ella aseguraba que “no tenía segunda opción”: iba a ser docente sí o sí. “Cada vez que faltaba una maestra en la escuela donde estaba cursando el magisterio y nos iban a buscar a las estudiantes, yo bajaba enseguida a reemplazarla ad honorem”, afirmó.

El flechazo con la docencia fue absoluto. “La primera vez que me presenté como maestra ad honorem fue en una escuela de Villa Revol. No sabés lo que sentí. Yo abracé la docencia y la docencia me abrazó a mí”, sostuvo. Luego pasó por un establecimiento en Camino a 60 Cuadras y otro en Toledo, antes de llegar a la escuela de su vida, donde permaneció desde los 26 hasta los 62 años.

Su primer día en Bouwer

“Llovía a cántaros y teníamos colectivos cada cuatro horas. Creo que entraban cuatro o cinco coches del 120. Yo venía embarazada de mi hija y éramos cuatro maestras y la directora. No teníamos luz”, recordó Edith sobre su arribo al establecimiento. “Fue un 24 de febrero de 1989 y no podía perder el colectivo, así que esa noche no dormí”. Junto a ella, llegaron las docentes Micaela Batallán, Elisa Drauñac y Rosa Edith Mottura. Esta última se transformó en su amiga incondicional durante todo su recorrido por la institución.

“Esa mañana teníamos que inscribir alumnos porque ya iban a empezar las clases, pero no vino nadie. Estábamos solas acá, tiritando de frío y todas mojadas”, relató. Sin embargo, aseguró: “Me enamoré de la escuela y volví muy contenta”.

En aquel primer año, a Edith le tocó estar a cargo de sexto y séptimo grado. Al año siguiente, el destino la llevó a asumir frente a un grupo de primer grado que no olvidaría jamás. Ver cómo esos niños, a quienes describe como “papeles en blanco”, empezaban a leer, escribir y reconocer los números a partir de sus enseñanzas le generó una satisfacción infinita. Al día de hoy, esos hombres y mujeres que rondan los 30 años siguen saludándola por las calles del pueblo.

“Yo no grito, hablo fuerte”

Edith nunca necesitó micrófono ni parlantes para que la escucharan desde la última fila. “A veces los padres nuevos decían: ‘La directora tiene mal carácter, grita’. Yo no grito, hablo fuerte; es mi tono de voz”, aclaró. Prueba de ello fue la relación entrañable que cultivó con los alumnos. “Hay mucha confianza y mucho respeto de parte de ellos hacia mí, y de mí hacia ellos. Hay cosas que me cuentan sin que yo les pregunte y podemos hablar de cualquier tema”, aseguró.

Al respecto, remarcó que un momento especial de encuentro y diálogo se daba en los minutos posteriores a la salida del colegio, mientras esperaban el colectivo 29 para volver a sus casas: “Los chicos me contaban cosas que hacían en sus casas y averiguaban qué comí, a dónde fui, qué estaba haciendo, cuántos hijos tengo o me preguntaban por mi nieta”.

Con los exalumnos la complicidad también se mantiene intacta: “Me conocen, me saludan, y los días de elecciones vienen a verme. Muchos han venido a presentarme a sus familias. Algunos me dicen en broma: ‘Vos me hiciste repetir de grado’, y cuando les pregunto por qué, me responden: ‘¡Porque no venía nunca!’. “Hoy me toca tener como padres de alumnos a quienes antes fueron mis propios alumnos”, destacó.

El día que la escuela estuvo en boca de todos

En 1998, la Escuela Dr. Florentino Francisco Bustos quedó en el foco de los medios de comunicación provinciales y nacionales. El método y esfuerzo aplicado durante años rindió sus frutos cuando el establecimiento fue reconocido por haber obtenido las mejores calificaciones en Lengua y Matemática entre los séptimos grados de Córdoba en el Operativo Nacional de Evaluación de 1997.

“Fuimos miradas de otra forma. Hasta ese momento éramos una escuelita rural fuera de la ciudad de Córdoba, con el basurero cerca y un montón de complicaciones… éramos como el patio de atrás. A partir de ahí la escuela se hizo visible, salió en la tele, en la radio, en los diarios, y empezaron a llegar chicos del pueblo que antes no venían”, recordó Edith.

La exdirectora tiene muy claro el método que se aplicó y es la lección que mejor se sabe: “Preparar a los chicos y enseñar bien. Enseñar, poner todo. Porque no es solamente venir a dar clases; es preocuparte y ocuparte de que ese niño aprenda y saber qué le está pasando. Y si una no lo puede descubrir sola, se pide ayuda a profesionales para entender por qué un niño no aprende”.

Sin duda, el rumbo y la impronta de Edith marcaron y marcarán la trayectoria de la comunidad educativa de la escuela Dr. Florentino Francisco Bustos. Desde la Municipalidad de Bouwer le agradecemos por la dedicación y el amor que imprimió en su trabajo frente al establecimiento y le deseamos una feliz y merecida jubilación.

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